Simon Njami

Escritor, crítico de arte y comisario de la bienal de arte contemporáneo de Dakar

 

Cualquier forma de reflexión viene de las sombras; de ese espacio inalcanzable del cual intentamos traer cosas a la luz. Yo trabajo en la oscuridad y procuro darles formas a las sombras, no contornos, sino formas. Las sombras no están ausentes, sino escondidas, inalcanzables. Cuando las viudas de la Plaza de Mayo se reunían para reclamar a sus seres queridos, estaban en una comunión íntima con los desaparecidos. En una canción preciosa, “Dancing with
the Missing”, el cantante Sting intentaba describir por lo que estaban pasando: sus hermanos, maridos, hijas e hijos estaban de repente ahí, como fantasmas invisibles; como un escritor (escritor fantasma) al que nunca se le daría crédito por el libro que sin embargo escribió.

 

Las sombras están en el corazón de cualquier intento de hacer arte para revelar lo invisible porque, tal y como Hegel dice: “no podemos saber lo que sabemos”. Estamos, así, condenados a descubrir cuáles son esas piezas de las que estamos hechos. Y con ese fin, creamos historias que son pura fantasía, pequeños arreglos que hacemos con la así llamada realidad.

 

Lo que las historias nos permiten hacer es hablar de momentos, de ideas, de sentimientos que son invisibles; para crear una forma de “nosotros” que exceda los límites. Cuando un cuentacuentos habla, está en el centro del juego. Le vemos y sabemos que está creando un mundo de fantasía. Él recuerda, y mientras lo hace, crea. Al que escucha nunca se le pide que esté de acuerdo, sino que tenga fe en la historia. Una historia no está dirigida a nuestros cerebros sino a nuestro yo interno. Cada vez que escucho “érase una vez…”, estoy atrapado. Rescato esos momentos
mágicos de mi infancia cuando no había ninguna realidad que nos era forzada. Una tierra de libertad y olvido. Me hundo. Me muevo de mi realidad a un mundo de fantasía que, si cabe, se vuelve aún más real que el “mundo tangible”.

 

Nuestra propia historia sólo se convierte en Historia cuando es compartida. Pero esa misma noción se podría asimilar a una ruina, o a un conjunto de ruinas que, citando a Toshome Gabriel, describe como un conjunto confuso y difuminado de recuerdos y es desde esas ruinas a través de las cuales vemos el mundo. Esa misma mirada que Maurice Merleau-Ponty fija en el corazón del tiempo es la memoria que nos construye.

 

Es lo que nos permite leer un libro que se convertirá en único. Esa forma de memoria podría haberse nombrado sombras porque está compuesta por un conjunto de elementos contradictorios que Henri Delacroix, un psicólogo francés, llamó “el mundo caótico de las sensaciones”. Lo que aquí se quiere decir es que todos compartimos el mismo caos interior, pero a lo que llamamos lenguaje es la herramienta que puede transformar este caos en formas. ¿Cuál es su función en la construcción de una memoria y qué clase de ruinas deja a su paso si no es para crear lo que yo llamaría un malentendido positivo?

 

Esta forma particular de malentendido nos recuerda nuestra humanidad y esa historia olvidada que duerme en todas las mentes. Los malentendidos dan lugar a espacios intermedios en los que pueda darse un diálogo. Necesitamos este espacio intermedio para crear algo que nos fuerce a rellenar los huecos que permitan el despertar de cualquier
comunidad posible.

 

Los malentendidos crean sombras y las sombras nos llevan a la opacidad, o incluso, a la oscuridad. Cuando Conrad escribió su novela, la oscuridad a la que se refería no hacía relación a ningún espacio físico, incluso si la historia transcurrió en África, sino al yo interior. No nos debería importar esa oscuridad, mientras la asociemos con la magia de la sombra, la magia de lo nunca visto que requiere necesariamente una iniciación para volverse inteligible. Esa magia es contenida en el habla; en el misterio de la narración. No reclama objetividad, al contrario de lo que es llamado historia. La historia sólo puede ser performada.

 

Tengo un sueño recurrente. Siempre es de noche, en algún bosque. Hace calor y sudo. Y empieza una extraña música. Y siento mis pies, mis brazos, mi cabeza, todo mi cuerpo invadido por el ritmo. Cierro mis ojos. Cuando los abro, veo docenas de formas invitándome a que me una. Veo a Guevara, veo a Boris Vian, veo a Pushkin, veo a Cassiopeia, veo a
la reina de Sheba y a la reina de Ngiza. Me saludan. Y les sigo. Y bailamos.

 

Y bailo con mi madre. Bailo un vals como si fuera el primer y el último baile que jamás se haya bailado en la tierra. Puede que ella no sea visible para todos, pero está ahí, conmigo.