Marina Garcés

Filósofa

 

Un grigri no es un objeto, ni un gadget, ni una mercancía. Es un conjunto de relaciones a través de las cuales compartimos una apuesta por la dignidad. Hay grigris de madera o de tela y pueden asemejarse a los amuletos ancestrales que cualquiera de nosotros imaginaría colgado del cuello de un indígena de cualquier cultura no occidental y no urbana. Pero los grigris también pueden ser verbales o digitales, incluso imaginarios. Todas las palabras o imágenes que condensen y compartan la fuerza de la dignidad son un grigri.

 

En la historia reciente de la siempre incierta Península Ibérica, los grigris han tomado forma de fecha encriptada: la combinación de un número y de una inicial compone el código cifrado de la memoria colectiva, de sus convocatorias y de sus luchas. 11-M, 29-M, 15-M, 1-O, 8-M… éstas, entre otras, son las consignas de otro calendario, que no reproduce el tiempo de la historia oficial, de la historia sagrada ni de las “temporadas” de la sociedad del espectáculo y del consumo. Entre ellas no hay días de la patria, ni celebraciones santas, ni jornadas de rebajas masivas. Son los días en rojo conquistados por la potencia y por la imaginación colectivas al tiempo de la producción, de la reproducción y del capital. Son los días luminosos arrancados a la oscuridad de una sociedad adocenada bajo la amenaza de la crisis y sus crisis. Son los días en morado de las mujeres que hemos perdido el miedo. Los días en amarillo y en verde de maestras y vecinos que convierten sus reivindicaciones en mareas de colores que alegran la rabia sorda de nuestros barrios y ciudades. Son los días, enlazados también en amarillo, de un referéndum popular convertido en el argumento legitimador de la censura y de la cárcel preventiva de sus impulsores.

 

Cuando no podemos escribir la historia de cero, cuando ya no disparamos a los relojes ni reinventamos los calendarios como en la Revolución Francesa, siempre nos queda la posibilidad de asaltar el orden existente, es decir, tomar las fechas y las plazas para juntar los cuerpos y hacer nuestros algunos de los doce meses y de sus treinta días. El efecto mágico empieza cuando las grigri-fechas empiezan a acumularse y a confundirse y ya no recordamos si la M era de marzo o de mayo, si el 11 era el de Atocha o el de “Pásalo”, si el 15M fue en 2011 o en 2010 o si el 29M era una huelga general o una marea. La confusión, lejos de borrar la historia en el olvido, la amplía y la convierte en un continuo que desborda la puntualidad de los acontecimientos. No pasan cosas cada día, ni mucho menos insurrecciones o acciones colectivas de gran magnitud. Pero cuando las grigri fechas empiezan a bailar, su poder impregna la sordidez del día a día, el anonimato de la vida rutinaria, la falta de expectativas de un presente que se escribe en pasado porque no sabe imaginar el futuro. La dignidad compartida es el continuo de una historia discontinua de luchas que la memoria no sólo guarda sino que actualiza en cada gesto, a cada paso, cada día no señalado que aspira a convertirse en un día más de nuestro calendario ingobernable, inapropiable e irrepresentable. En nuestro tiempo grigri no hay un sólo día para la revolución, ni para la fiesta ni para la fundación de nada. Al contrario: cada día es el día en el que la dignidad se puede colar por los agujeros del calendario.